Historia de Londres

La historia de Londres es turbulenta y abarca más de dos milenios. Ha contado con épocas buenas (como la llegada de los romanos, con su vino, ley y orden y su pericia en la construcción de calzadas, y la expansión de Londres como capital de un imperio y centro financiero) y también malas (plagas apocalípticas, el Gran Incendio de 1666, el Blitz de la II Guerra Mundial). Sin embargo, incluso en sus peores momentos Londres ha sido capaz de recomponerse y seguir adelante, al tiempo que se reinventa continuamente por el camino.

Londinium

Los romanos fundaron Londres, y esa zona, en concreto la City, ha estado habitada de manera ininterrumpida desde entonces. De resultas, los arqueólogos han tenido que excavar hondo para sacar a la luz el pasado de la ciudad.

Sin embargo, no fueron los romanos quienes hicieron las primeras in- cursiones. Los celtas llegaron a Gran Bretaña en torno al s. IV a.C. y se asentaron en un vado del Támesis. El río medía el doble de ancho que en la actualidad y probablemente servía de barrera para separar grupos tribales. Los romanos hicieron sus primeras incursiones en el s. I a.C., durante las que comerciaron con los celtas. En el año 43 d.C. regresaron con un ejército invasor liderado por el emperador Claudio y fundaron el puerto de Londinium, el primer asentamiento real que corresponde al actual Londres. Tendieron un puente de madera sobre el Támesis, cerca del actual Puente de Londres, que devino en punto convergente de la red viaria de la región.

El asentamiento prosperó gracias al comercio, crecimiento que se vio interrumpido hacia el año 60 o 61, cuando un ejército liderado por Boadicea, reina de los icenos, una tribu celta asentada en East Anglia, realizó violentas incursiones contra los romanos, que habían atacado su reino. Los icenos tomaron Camulodunum  (el Colchester actual, en Essex), capital de la Britania romana, y luego se dirigieron a Londinium, arrasándolo y aniquilando a la población antes de que los romanos lograran imponerse.

Los romanos reconstruyeron Londinium en Cornhill, el punto más elevado al norte del puente, entre los años 80 y 90. Un siglo más tarde erigieron una muralla a su alrededor de 2,7 m de espesor y 6 m de alto. Se le añadieron torres para reforzarla y las puertas originales –Aldgate, Ludgate, Newgate y Bishopsgate– se recuerdan a modo de topónimos en el Londres contemporáneo. Para entonces Londinium, centro económico y comercial que aún no poseía la categoría de colonia, era una metrópoli imponente con una enorme basílica, un anfiteatro, un foro y el palacio del gobernador.

A mediados del s. III, Londinium tenía 30 000 habitantes pertenecientes a diversos grupos étnicos, con templos dedicados a una gran variedad de cultos. Cuando el emperador Constantino se convirtió al cristianismo en el año 312, esta religión pasó a ser el culto oficial del imperio y, por tanto, de Londres.

En el s. IV comenzó la decadencia del Imperio romano en Gran Bretaña ante las crecientes invasiones de los pictos y los escotos por el norte y los sajones, unas tribus germánicas originarias del norte del Rin, por el sureste. En el año 410, cuando el asediado emperador Honorio les negó ayuda militar, los romanos abandonaron  Britania y Londinium quedó reducido a un páramo apenas poblado.

Lundenwic

Existe un gran debate histórico sobre qué le sucedió a Londinium después de la retirada de los romanos. Si bien no consta ningún testimonio escrito de la ciudad entre los años 457 y 604, la mayoría de los historiadores creen que los romanos británicos pervivieron en la zona incluso después de la llegada de los sajones.

Lundenwic (“asentamiento de Londres”) fue un asentamiento comercial sajón establecido fuera de los muros de la ciudad, al oeste de Londinium (en lo que hoy es Aldwych y Charing Cross). A principios del s. VII, el emisario del papa, san Agustín, convirtió a los sajones al cristianismo, Lundenwic se transformó en diócesis y se erigió la primera catedral de St Paul en lo alto de la colina de Ludgate.

La villa comercial fue víctima de su propio éxito al llamar la atención de los vikingos daneses, que la asaltaron en el 842 y volvieron nueve años después para arrasarla en un incendio. Dirigida por el rey Alfredo el Grande de Wessex, la población sajona contraatacó a los daneses y los expulsó en el 886. El Londres sajón se convirtió en una ciudad próspera y bien organizada, dividida en 20 distritos, cada uno con su propio gobernador, y varias colonias permanentes de comerciantes germanos y vinateros franceses. Sin embargo, los daneses seguían acometiendo con ahínco hasta que se desmoronó el debilitado dominio sajón y el pueblo se vio obligado a aceptar al líder danés Canuto como rey de Inglaterra en el 1016.

Con la muerte del hijo de Canuto, el cruel Hardecanuto, en el 1042, el trono pasó a manos del sajón Eduardo el Confesor, que fundó en Westminster una abadía y un palacio.

Normandos

El año 1066 marca el verdadero inicio de Inglaterra como Estado-nación unificado. Después de la muerte de Eduardo el Confesor en 1066, los enfrentamientos para nombrar al heredero de la Corona inglesa resultaron desastrosos  para los reyes sajones.  En su lecho de muerte, Eduardo proclamó sucesor a Harold Godwinson, conde de Wessex, pero Guillermo, duque de Normandía, enfurecido al creer que el rey le había prometido el trono, emprendió una invasión masiva de Inglaterra desde Francia y el 14 de octubre derrotó a las tropas de Harold en la Batalla de Hastings, desde donde se dirigió a Londres para reclamar su premio. Guillermo, ahora apodado «el Conquistador», fue coronado rey de In- glaterra en la nueva abadía de Westminster el 25 de diciembre de 1066.

Guillermo desconfiaba del “numeroso y fiero populacho” londinense, así que para intimidar a sus nuevos vasallos y protegerse él mismo se hizo construir 10 castillos a un día de camino de Londres, entre los que se contaba la White Tower, corazón de la Torre de Londres. En una inteligente maniobra, se ganó la simpatía de los prósperos comerciantes al confirmar la independencia de la ciudad a cambio de impuestos. Pronto Londres se convertiría en la principal urbe de Inglaterra.

El Londres medieval

Con la muerte del último rey normando, Esteban, en 1154, el trono pasó a manos de Enrique II, de la influyente Casa de Plantagenet, que ostentaría el poder en Inglaterra durante los dos siglos y medio venideros. Los sucesores de Enrique acordaron mantener la independencia de Londres siempre y cuando los comerciantes siguieran costeando sus guerras o proyectos arquitectónicos. Cuando el rey Ricardo I (conocido como “Corazón de León”) necesitó fondos para su cruzada en Tierra Santa, reconoció a la ciudad como comuna autónoma a cambio de financiación.

Ciudad asentada sobre la base de las transacciones comerciales, Londres siempre quiso proteger celosamente su independencia  y pronto el sucesor de Ricardo, el rey Juan, aprendería la lección. En 1215, tuvo que ceder autoridad ante los poderosos barones y limitar los arbitrarios impuestos. Entre los que le presionaban para que pusiera su sello a la emblemática Carta Magna (que reducía el poder del rey de forma efectiva) estaba el entonces poderoso alcalde de Londres, Henry Fitz Aylwin; fue el primero en ostentar este cargo y había sido nombrado apenas un cuarto de siglo antes.

Aunque el fuego era una amenaza constante en las abarrotadas casas y angostas calles del Londres del s. XIV, el mayor peligro que planeaba sobre la floreciente ciudad eran las enfermedades provocadas por las insalubres condiciones de vida y las aguas contaminadas del Támesis. En 1348, ratas de barcos procedentes de Europa introdujeron la peste negra, una peste bubónica que aniquiló a casi la mitad de la población (de 80 000 personas) en apenas un año y medio.

Con una economía cada vez más débil, el malestar fue creciendo entre los trabajadores, que adoptaron la violencia como forma de vida. En 1381, el joven rey Ricardo II, haciendo caso omiso del estado de ánimo de la nación, decretó un nuevo impuesto para todos los súbditos del reino. Miles de campesinos, conducidos por el soldado Wat Tyler y los sacerdotes Jack Straw y John Ball, marcharon en protesta hasta Londres. Sacaron a rastras de la Torre de Londres al arzobispo de Canterbury, Simon Sudbury, y lo decapitaron, varios ministros fueron asesinados y muchos edificios quedaron arrasados, hasta que la llamada Revuelta de los Campesinos perdió fuerza y sus líderes fueron ejecutados.

Durante el s. XV, Londres ganó en riqueza e importancia con las casas de Lancaster y York, si bien las luchas de poder entre ambas culminaron en la devastadora Guerra de las Dos Rosas. El mayor episodio de intrigas políticas del siglo aconteció en 1483 cuando el rey Eduardo V, de la Casa de York, reinó solo durante dos meses, a la edad de 12 años, antes de desaparecer para siempre junto con su hermano menor en la Torre de Londres. Mucho se ha especulado sobre si Ricardo III, tío de los niños y sucesor en el trono, ordenó o no su asesinato (Shakespeare le hizo a él responsable de tan malevo acto en una de sus obras). En 1674 unos trabajadores  encontraron  en las proximidades de la White Tower un arcón con los esqueletos de dos niños. Se supuso que se trataba de los restos de los príncipes y fueron enterrados en la abadía de Westminster.

Ricardo III tuvo poco tiempo para disfrutar  del poder: murió en 1485 en la batalla de Bosworth a manos de Enrique Tudor, que sería Enrique VII y el primer monarca de la dinastía Tudor. En septiembre del 2012 se hallaron los restos del primero en un aparcamiento en el centro de Leicester (unas rigurosas pruebas de ADN lo certificaron). Fueron enterrados en la catedral de esa ciudad en marzo del 2015.

Casa de Tudor

Si bien la Casa de Tudor solo mantuvo el poder 120 años y tres generaciones, es la más conocida de las dinastías inglesas. Durante su reinado, y coincidiendo con el descubrimiento de América y el floreciente comercio internacional, Londres se convirtió en una de las ciudades más importantes de Europa.

El hijo y sucesor del rey, Enrique VIII, fue el más extravagante del clan. Se hizo construir un palacio en Whitehall y otro en St James’s y hostigó a su canciller, el cardenal Thomas Wolsey, hasta conseguir que le regalara el suyo en Hampton Court.

La vida de Enrique giró en torno a la necesidad de dar un heredero varón, lo cual, de manera indirecta, llevó a su ruptura con la Iglesia católica romana, algo que ocurrió en 1534 después de que el Papa se negara a anular su matrimonio con Catalina de Aragón, quien solo le había dado una hija tras 24 años de matrimonio. Volviendo la espalda a Roma, se proclamó jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra y desposó a Ana Bolena, la segunda de sus seis esposas. Ordenó la ‘disolución’ de los monasterios londinenses, se apoderó de la inmensa riqueza y propiedades de la Iglesia y acabó con la cultura eclesiástica. Muchas de las sedes religiosas desaparecieron, dejando solo sus nombres en zonas como Whitefriars y Blackfriars (por el color de los hábitos de los monjes carmelitas y dominicos).

A pesar de su inclinación a resolver diferencias con el hacha (dos de sus seis esposas y Tomás Moro, sustituto de Wolsey como lord canciller, murieron decapitados junto a otros 32 líderes y 72 000 personas) y de perseguir tanto a católicos como a sus correligionarios protestantes que no se sometían a su autoridad eclesiástica, Enrique VIII fue un monarca popular hasta su muerte en 1547.

Durante el reinado de María I Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, se restableció el catolicismo. La reina tomó como esposo al católico Felipe II de España y sancionó la muerte en la hoguera de doscientos protestantes en Smithfield, lo que le valió el sobrenombre de “Bloody Mary” (“María la Sanguinaria”). Cuando Isabel I, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, ascendió al trono, el catolicismo había perdido fuerza y cientos de sus partidarios fueron enviados a las horcas de Tyburn, cerca del actual Marble Arch.

El Londres isabelino

El reinado de 45 años (1558-1603) de Isabel I se considera una ‘edad de oro’ en la historia de Inglaterra. Durante esas cuatro décadas, la literatura inglesa vivió un renacimiento y se fue imponiendo cierta tolerancia religiosa. Inglaterra llegó a ser una gran potencia marítima tras la derrota de la armada española en 1588 y Londres se impuso como el primer mercado mundial cuando Isabel inauguró la Bolsa (Royal Exchange) en 1571.

También fueron unos años significativos para Londres, que creció físicamente (en la segunda mitad del s. XVI la población se duplicó hasta los 200 000 habitantes). El primer plano conocido de la ciudad data de 1558 y John Stow presentó en 1598 A Survey of London, la primera historia de la urbe.

También se vivió la edad de oro del teatro inglés, con las obras de William Shakespeare, Christopher Marlowe y Ben Jonson representadas en nuevos teatros como el Rose (1587) y el Globe (1599). Ambos se hallaban en Southwark, una zona famosa en la época por su mala reputación, repleta de burdeles, si bien lo más importante es que no caía en la jurisdicción de la ciudad, que desaprobaba el teatro y llegaba a prohibirlo.

A Isabel I, que murió en 1603 sin dejar herederos, le sucedió su primo segundo, que reinó con el nombre de Jacobo I de Inglaterra. Aunque era hijo de la católica María, reina de Escocia, Jacobo provocó la cólera de los católicos ingleses al no mejorar su situación. Se salvó de la muerte por muy poco al destaparse la conspiración fraguada por Guy Fawkes y sus compinches de hacer saltar por los aires el Parlamento el 5 de noviembre de 1605. El descubrimiento de tan audaz plan se conmemora cada año en esta fecha con hogueras y fuegos artificiales.

Guerras civiles y restauración

En 1625 accedió al trono Carlos I. Su intransigencia  y total convicción en el derecho divino de los reyes provocaron un enfrentamiento entre la Corona, apoyada por un Parlamento cada vez más sometido, y una City de Londres cansada de impuestos abusivos. La crisis comenzó cuando el rey intentó arrestar a cinco parlamentarios disidentes que huyeron a la City; en 1642 el país se rebeló y se declaró la guerra civil.

Los puritanos, los protestantes extremistas y los comerciantes de la City respaldaron al general Oliver Cromwell, líder de los defensores del Parlamento, y lucharon contra las tropas monárquicas. Londres apoyó a los parlamentaristas y Carlos I fue derrotado en 1646, aunque todavía hubo una segunda guerra (1648-1649) y una tercera (1649-1651).

Carlos I fue decapitado el 30 de enero de 1649 acusado de alta traición frente a la Banqueting House, en Whitehall. Cromwell instauró una casi-república y gobernó 11 años. En este tiempo, prohibió el teatro, los bailes, la Navidad y todo lo que resultara entretenido. Mientras, el hijo de Carlos I, Carlos II, continuó luchando por restaurar la monarquía.

Tras la muerte de Cromwell, el Parlamento decidió que la monarquía al fin y al cabo no era tan mala, por lo que rechazó reconocer la autoridad del sucesor de Cromwell, su hijo Ricardo, y subió al trono a Carlos II en 1660, que estaba en el exilio.

Peste y fuego

El atestado y sucio Londres había sufrido brotes constantes de peste bubónica desde el s. XIV, pero ninguno comparable a la Gran Peste de 1665.

A medida que la epidemia avanzaba, las familias afectadas debían encerrarse en sus casas durante 40 días de cuarentena, hasta que el enfermo se recuperaba o moría. Las calles, antes atiborradas, estaban desiertas y un inquietante silencio cayó sobre Londres. Para empeorar la situación, el alcalde supuso que perros y gatos propagaban la peste y ordenó matarlos a todos, con lo que se acabó con los depredadores naturales de las ratas, verdaderas portadoras de la enfermedad. Cuando el invierno  frenó la epidemia, se estima  que 100 000 personas habían muerto; los cuerpos eran recogidos y lanzados a enormes fosas.

La peste empezó a remitir en noviembre de 1665. Pero menos de un año después la desgracia golpeó de nuevo. Durante siglos, la ciudad había mostrado cierta propensión a los incendios, dado que casi todos sus edificios eran de madera y paja, y, así, el 2 de septiembre de 1666 se originó uno enorme en una panadería de Pudding Lane. Al principio no parecía importante (el propio alcalde lo banalizó diciendo «eso lo apaga una mujer con aguas menores», pero el inusual calor otoñal y el viento hicieron que el fuego se esparciera sin control durante cuatro días, reduciendo el 80% de Londres a cenizas. Solo murieron ocho personas (al menos oficialmente) pero gran parte del Londres medieval desapareció. El fuego se detuvo finalmente en Pye Corner, en Smithfield, justo en el límite de Londres, tras destruir 88 iglesias (incluida la catedral de St Paul) y más de 13 000 casas, dejando a decenas de miles de personas sin techo.

El Londres de Wren

El fuego creó un lienzo en blanco sobre el que el arquitecto Christopher Wren pudo construir 51 nuevas iglesias y una catedral. El plan de Wren de reconstruir la ciudad entera –gran parte en cuadrícula– se consideró demasiado caro y muchos se opusieron, por lo que pronto reapareció la familiar distribución de calles que se había formado desde los romanos. Sin embargo, las nuevas leyes estipulaban que los edificios debían ser de piedra y ladrillo en lugar de las antiguas casas Tudor de madera; asimismo, debían ensancharse las vías. El fuego aceleró el traslado de los ricos fuera de los contornos de la City, hacia lo que hoy es el West End.

Para conmemorar el incendio –y la reconstrucción  de Londres– en 1677 se erigió el Monument, diseñado por Wren, cerca del lugar donde empezó el fuego. En esa época, la columna de 61 m era con mucho la estructura más alta de la ciudad.

En 1685 llegaron a Londres unos 1500 hugonotes que huían de la persecución en la católica Francia. Les siguieron otros 3500. En su mayoría artesanos, muchos empezaron a fabricar productos de lujo como sedas y platería por las zonas de Spitalfields y Clerkenwell, que ya estaban pobladas de inmigrantes y artesanos irlandeses, judíos e italianos. Londres se estaba convirtiendo en uno de los lugares más cosmopolitas del mundo.

La Revolución Gloriosa (es decir, incruenta) de 1688 llevó al rey holandés Guillermo de Orange al trono inglés después de que el católico Jacobo II huyera a Francia. Guillermo se trasladó del palacio de Whitehall a uno nuevo en Kensington Gardens y, con el fin de recaudar fondos para su guerra contra Francia, fundó el Banco de Inglaterra en 1694.

Londres no dejó de crecer y hacia 1700, con unos 600 000 habitantes, era la mayor ciudad de Europa. La afluencia de trabajadores foráneos provocó su expansión hacia el este y el sur, mientras que los más pudientes se mudaron al norte y el oeste.

El punto culminante de la Gran Reconstrucción, la catedral de St Paul de Wren, se inauguró en 1711 durante el reinado del último monarca Estuardo, la reina Ana. Obra maestra de la arquitectura barroca inglesa, sigue siendo uno de los edificios más prominentes de la ciudad.

El Londres georgiano

La reina Ana murió sin heredero en 1714. Aunque había unos 50 parientes católicos con más derecho al trono, se inició una búsqueda para encontrar a uno protestante ya que el Acta de Establecimiento de 1701 prohibía a los católicos romanos ser monarcas. Al final, Jorge de Hanover, bisnieto de Jacobo I, llegó de Alemania para ser coronado rey de Inglaterra.

Durante gran parte del reinado de Jorge I, el partido Whig de Robert Walpole controló el parlamento y, como «primer lord del Tesoro», se convirtió de facto en el primer primer ministro de Gran Bretaña, ocupando el nº 10 de Downing St, que hoy sigue siendo la residencia del primer ministro.

En esa época, Londres estaba creciendo a un ritmo espectacular, por lo que se tomaron medidas para hacer más accesible la ciudad. La muralla romana que rodeaba la City fue derribada y en 1750 se inauguró el puente de Westminster.

El Londres georgiano experimentó una gran creatividad en la música, el arte y la arquitectura. El compositor de la corte, George Frederick Handel, compuso Música acuática (1717) y el Mesías (1741) tras afincarse aquí a los 27 años y en 1755 el Dr Johnson publicó el primer diccionario de inglés. William Hogarth, Thomas Gainsborough y Joshua Reynolds realizaron algunos de sus más destacados lienzos y grabados, y muchos de los edificios, calles y plazas más elegantes de Londres se erigieron o proyectaron por arquitectos como John Soane, su pupilo Robert Smirke o John Nash.

Sin embargo, la segregación y la anarquía aumentaban. De hecho, al propio rey Jorge II le robaron la “cartera, reloj y hebillas” durante un paseo por Kensington Gardens. Este era el Londres de Hogarth, donde la gente adinerada levantaba mansiones en atractivas plazas y se reunía en flamantes cafés mientras los pobres se hacinaban en barriadas y ahogaban sus penas en ginebra de garrafa. Para atajar la creciente delincuencia, dos magistrados (uno de ellos el escritor Henry Fielding) fundaron los Bow Street Runners en 1749, un grupo de voluntarios pre- cursor de la Policía Metropolitana, que se constituiría en 1829.

En 1780 el Parlamento propuso suprimir la ley que prohibía a los católicos comprar o heredar propiedades, pero un parlamentario, lord George Gordon, encabezó una manifestación antipapista que desembocó en los llamados motines de Gordon: una multitud enloquecida de unas 30 000 personas atacó a los trabajadores irlandeses y quemó las prisiones, capillas y varios juzgados. Durante los cinco días de disturbios fallecieron unas 850 personas.

Cuando Jorge III, que pasaría a la posteridad por ser el rey que perdió las  colonias  americanas, comenzó a sufrir demencia a finales del s. XVIII, su hijo, el Príncipe Regente, estableció una corte alternativa y mucho más moderna en la residencia de Carlton House, en Pall Mall. Para entonces, la población de Londres se acercaba ya al millón de personas.

El Londres victoriano

En 1837, Victoria, la nieta de 18 años de Jorge III, subió al trono. Durante su largo reinado, Londres se convertiría en el centro neurálgico del imperio más grande y rico de la historia, que cubría una cuarta parte de la superficie terrestre y gobernaba sobre más de 500 millones de personas.

Se construyeron nuevos muelles para facilitar el próspero comercio con las colonias y se tendieron las primeras vías férreas entre la capital y otras ciudades inglesas. En 1863 se inauguró el primer tren subterráneo del mundo entre Paddington y Farringdon Road con tanto éxito que pronto le siguieron otras líneas. En esta época se construyeron muchos de los edificios y puntos destacados más famosos de Londres: el Big Ben (1859), el Royal Albert Hall (1871) y el icónico Tower Bridge (1894).

La ciudad, no obstante, sufrió bajo la carga de su inmenso tamaño y en 1858 quedó paralizada por un terrible hedor cuando el espectacular aumento de la población hizo que las instalaciones sanitarias se vieran superadas por las aguas residuales, que se filtraron bajo las casas de los acaudalados comerciantes. El destacado ingeniero Joseph Bazalgette abordó el problema y desarrolló un sistema de alcantarillado subterráneo.

Al mismo tiempo, los logros en el arte y las ciencias fueron enormes. El mejor cronista de la era victoriana fue Charles Dickens, quien en Oliver Twist (1837) y otras obras exploró las temas de la pobreza, la desesperanza y la miseria entre la clase obrera. En 1859 Charles Darwin publicó El origen de las especies, obra sumamente polémica.

Algunos de los primeros ministros más competentes de Gran Bretaña gobernaron durante el reinado de 64 años de Victoria, entre los que destacan William Gladstone y Benjamin Disraeli. El London County Council (LCC, Consejo del Condado de Londres), creado en 1889, fue la primera autoridad municipal de Londres elegida por sufragio directo.

Durante el s. XIX Londres recibió oleadas de inmigrantes que provocaron un incremento de uno a seis millones de habitantes. Pero esta gran expansión no fue beneficiosa para todos: en los cinturones de pobreza la gente vivía en condiciones atroces, mientras que los ricos residían en arbolados barrios de la periferia.

La reina Victoria ha sido retratada a menudo como una señora arisca, pero en realidad era inteligente, progresista  y apasionada. Vivió para celebrar su Jubileo de Diamantes en 1897 pero murió cuatro años más tarde a la edad de 81 y fue enterrada en Windsor. Su reinado es considerado el culmen de la supremacía mundial británica.

Del imperio a la I Guerra Mundial

El desenfrenado hijo de Victoria, Eduardo, príncipe de Gales, tenía ya 60 años  cuando  fue coronado como Eduardo  VII en 1901. La belle époque londinense estuvo caracterizada por la entrada en servicio de los primeros autobuses motorizados de dos plantas en 1904, que sustituyeron a las versiones tiradas por caballos que llevaban circulando desde 1829. El toque de glamour lo aportaron hoteles de lujo como el Ritz (1906) y grandes almacenes como Selfridges (1909). Los primeros Juegos Olímpicos de Londres se celebraron en el White City Stadium en 1908.

La I Guerra Mundial, conocida como la Gran Guerra, comenzó en agosto de 1914. Un año más tarde, los alemanes lanzaron las primeras bombas desde zepelines cerca de Guildhall, causando 39 muertos. En total, unos 670 londinenses murieron a causa de las bombas (la mitad del total nacional de víctimas civiles) y otros 2000 resultaron heridos.

El período de entreguerras

Tras el fin de la guerra en 1918, la población de Londres siguió aumentando, hasta rozar los 7,5 millones en 1921. El LCC se ocupó de limpiar los barrios marginales y de construir nuevas viviendas sociales, mientras que los barrios periféricos se extendían hacia el campo.

El desempleo crecía y en mayo de 1926 un conflicto salarial en la industria del carbón terminó en una huelga general de nueve días, tan secundada que Londres quedó casi paralizado. El Ejército tuvo que intervenir para mantener el orden y para que no se interrumpiera el servicio de metro y autobuses.

Intelectualmente, la década de 1920 fue el apogeo del grupo de Bloomsbury, en cuyas filas figuraban los escritores Virginia Woolf y E. M. Forster y el economista John Maynard Keynes. En la década siguiente, el centro de atención se trasladó hacia el oeste, a Fitzrovia, donde George Orwell y Dylan Thomas brindaban con sus coetáneos en la Fitzroy Tavern de Charlotte Street.

En esta época nacieron el cine, la televisión y la radio. La BBC realizó su primera emisión radiofónica desde la azotea de la Marconi House, en el Strand, en 1922; el primer programa de televisión se emitiría desde el palacio de Alexandra 14 años más tarde.

La II Guerra Mundial y el Blitz

La política del primer ministro Neville Chamberlain de aplacar a Adolf Hitler durante la década de 1930 a la postre resultó equivocada, pues el ansia de expansión del Führer era insaciable. Cuando Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939, Gran Bretaña declaró la guerra al haber firmado un pacto de ayuda recíproca unos días antes. Había empezado la II Guerra Mundial.

El primer año de guerra en Londres  fue de tensa espera. Más de 600 000 mujeres y niños habían sido evacuados al campo y la batalla de Inglaterra causaba estragos en el resto del país, principalmente en torno a las bases de la Royal Air Force, pero ninguna bomba perturbó el apagón de la capital. Sin embargo, todo cambió el 7 de septiembre de 1940 cuando la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, dejó caer cientos de bombas en el East End que mataron a 430 personas.

El Blitz (del alemán blitzkrieg, “guerra relámpago”) duró 57 noches y se prolongó a intervalos hasta mediados de mayo de 1941. Algunas estaciones de metro se transformaron en refugios antiaéreos y los londinenses hicieron gala de una resistencia y un estoicismo legendarios. Para gran admiración y respeto del pueblo, la familia real se negó a abandonar la ciudad durante el bombardeo. El palacio de Buckingham fue alcanzado de pleno, lo que hizo que la reina Isabel (la difunta madre de la actual reina) pronunciase sus famosas palabras: «Ahora puedo mirar al East End a la cara». Winston Churchill, primer ministro desde 1940, orquestó gran parte de la estrategia de guerra británica desde las subterráneas Cabinet War Rooms, en Whitehall.

En junio de 1944 se volvió a poner a prueba el coraje de Londres cuando los alemanes lanzaron sobre el este de la ciudad las V-1 sin piloto. Cuando la Alemania nazi capituló en mayo de 1945, hasta un tercio del East End y la City había quedado arrasado, casi 30 000 londinenses habían muerto y otros 50 000 estaban gravemente heridos.

El Londres de la posguerra y los años sesenta

Una vez concluidas las celebraciones de la victoria europea, el país tuvo que emprender la reconstrucción. Los años de austeridad habían empezado, con el racionamiento de los productos básicos y la construcción de edificios de viviendas altos en los sitios que habían sufrido bombardeos, en zonas como Pimlico y el East End, para resolver el problema crónico de la vivienda. Para ayudar a levantar la moral, Londres acogió los Juegos Olímpicos de 1948 y el Festival of Britain en 1951.

La penumbra se cernió de nuevo, literalmente,  el 6 de diciembre 1952 a causa de la Gran Niebla. Una mezcla letal de niebla, humo y polución se abatió sobre la capital y provocó la muerte de unas 4000 personas a causa de enfermedades respiratorias.

La reina Isabel II fue coronada en 1953 tras la muerte de su padre, el rey Jorge VI, el año anterior. El racionamiento de la mayoría de los productos finalizó en 1954, 14 años después de su inicio.

A Londres llegaron inmigrantes de todo el mundo, especialmente de las antiguas colonias, para suplir la escasez de mano de obra a causa del receso de la población. A pesar de ser animados a venir, los nuevos inmigrantes no siempre fueron bien recibidos, como demostraron  los disturbios raciales de Notting Hill de 1958.

A finales de la década de 1950, el país recuperó cierta prosperidad económica y el primer ministro, Harold Macmillan, sentenció que “nunca habían ido tan bien las cosas”. Durante la década de 1960, cuando la energía creativa contenida durante la posguerra se liberó de forma espectacular, Londres pasó a ser un buen lugar para vivir. La ciudad se convirtió en el epicentro de la moda y la música: las calles se llenaron de color y vitalidad, el emblemático coche Mini (1959) se convirtió en un símbolo británico y se lanzó el Jaguar E-type (1961) a una entregada afición.

Las normas sociales experimentaron una revolución: la introducción de la píldora anticonceptiva, la despenalización de la homosexualidad y la popularización de las drogas como la marihuana y el LSD gracias al movimiento hippy crearon un clima permisivo y liberal sin precedentes. La música popular de mediados a finales de los años sesenta se asoció cada vez más al consumo de drogas, el activismo político y una mentalidad contracultural. La grabación del disco de los Beatles en Abbey Rd y la actuación gratuita de los Rolling Stones frente a medio millón de personas en Hyde Park fueron momentos clave. Carnaby St y King’s Rd eran los lugares más de moda del planeta y personalidades de la cultura pop como Twiggy, David Bailey, Marianne Faithfull y Christine Keeler se convirtieron en iconos de la nueva era.

La era "punk"

Londres cayó de nuevo en el abatimiento durante el duro clima económico de la década de 1970. Los otrora importantes muelles no llegaron a recuperarse a causa de la pérdida del imperio, las necesidades de los buques portacontenedores de la época y las deficientes relaciones laborales, lo que llevó a su total desaparición entre 1968 y 1981. El transporte marítimo se mudó 40 km al este, a Tilbury, y los muelles se fueron deteriorando, hasta que los promotores inmobiliarios los rescataron del olvido una década más tarde. En 1973 estalló una bomba en el Old Bailey (el Tribunal Penal Central), que significó la llegada a suelo inglés del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y su campaña por una Irlanda unida.

A partir de los sesenta, la música pasó a ser más estereotipada cuando empezó a dominar el glam rock, a pesar de leyendas florecientes como Marc Bolan y David Bowie. Sin embargo, el estancamiento económico, el cinismo y los límites superficiales de la música disco y el glam rock engendraron una nueva estética londinense: el punk. Esta música esencialmente  blanca, enérgica, corrosiva y veloz transformó tanto la música popular como la moda a medida que los adolescentes cambiaban los vaqueros de campana y la melena por pitillos negros y crestas. Los últimos años de la década de los setenta fueron una época estimulante para los jóvenes: el punk le abrió las puertas al new wave, a la vuelta del mod y los complacientes nuevos románticos.

Mientras, el letargo se había instalado en la política británica. El breve y nada destacable mandato laborista de James Callaghan (1976-1979) estuvo marcado por las huelgas paralizantes de finales de los setenta, en especial el Invierno del Descontento en 1978-1979.

Los años de Thatcher

En 1979, Margaret Thatcher, líder del Partido Conservador, se convirtió en la primera mujer elegida para el cargo de primer ministro en Gran Bretaña. En el poder durante toda la década de los ochenta y embarcada en un programa de privatización sin precedentes, Margaret Thatcher –la “Dama de Hierro”– es la líder británica más significativa de la posguerra. Sus detractores critican su escaso interés por la justicia social y el aumento de las desigualdades entre ricos y pobres durante su mandato, mientras que sus seguidores remarcan la importante modernización de las infraestructuras del país, dominadas por los sindicatos, y la riqueza que generaron sus políticas.

Al principio, su política monetaria hizo que las cifras del paro se dispararan. Según una encuesta realizada tras los disturbios de Brixton de 1981, nada menos que un 55% de los hombres menores de 19 años en esa zona de Londres estaban en paro. Entretanto, el Greater London Council (GLC), bajo el liderazgo del “rojo” Ken Livingstone, resultó ser una piedra en el zapato de Thatcher. En el County Hall, que se halla frente al Parlamento, en la otra orilla del Támesis, se colgó una pancarta gigante con el número de parados de la capital que instaba a la primera ministra a hacer algo al respecto. Thatcher respondió en 1986 eliminando el GLC, lo que dejó a Londres como la única capital europea sin un gobierno central unificado.

Mientras los londinenses más pobres sufrían los recortes del estado de bienestar de Thatcher, las cosas nunca habían pintado mejor para la comunidad empresarial. Gracias al clima de confianza generado en parte por la desregulación de la Bolsa en 1986 (el llamado Big Bang), Londres experimentó un crecimiento económico vertiginoso.

Como los anteriores booms económicos, el de finales de los años ochenta resultó insostenible. El paro empezó a aumentar y el valor de la vivienda descendió considerablemente; Thatcher introdujo un impuesto per cápita de interés fijo. Las protestas se desataron por todo el país y culminaron en 1990 con una marcha por Trafalgar Square que acabó en un verdadero disturbio. Con la posterior dimisión de Thatcher tras perder la confianza del Parlamento se puso fin a una época de discrepancias en la historia moderna del país. Su sucesor, el exministro de Economía John Major, optó por un método mucho más inclusivo.

En 1992, para asombro de la mayoría de los ciudadanos, los conservadores ganaron las elecciones por cuarta vez consecutiva, y sin Thatcher. Al poco, la economía comenzó a hacer aguas. El IRA perpetró dos terribles atentados, uno en la City en 1992 y el otro en los Docklands cuatro años después. El final de los conservadores estaba escrito y el Partido Laborista emergía con una nueva cara.

La Gran Bretaña de Blair

Desesperado por volver al poder tras casi dos décadas en la oposición, el Partido Laborista designó a Tony Blair para liderarlo. En las elecciones generales de mayo de 1997 los laboristas obtuvieron una victoria contundente,  aunque el «nuevo laborismo»  era un partido que había abandonado gran parte de su credo socialista y apoyaba la economía de mercado, la privatización y la integración en Europa.

Los laboristas reconocieron la legítima reivindicación de Londres de disponer de un gobierno local y crearon la London Assembly (Asamblea de Londres) y el puesto de alcalde. El antiguo líder del GLC, Ken Livingstone, se presentó como candidato independiente y obtuvo una victoria fácil. Livingstone introdujo con gran éxito el gravamen de congestión para reducir el número de vehículos privados en el centro de la capital y emprendió la tarea de insertar la atrasada red de transporte público de Londres en el s. XXI.

El resurgimiento de Londres como una de las grandes capitales del mundo era una realidad y el punto culminante tuvo lugar cuando fue elegida anfitriona de las Olimpiadas del 2012. Sin embargo, el entusiasmo de los londinenses se apagó al día siguiente cuando un grupo islamista detonó una serie de bombas en el transporte público y mató a 52 personas. Del triunfo se pasó al terror, a la ira y, por último, al desafío. Apenas dos semanas más tarde el intento de detonación de otras bombas en el transporte público situó a la ciudad en un estado de psicosis, que culminó con la trágica muerte por parte de la Policía Metropolitana de un inocente, el electricista brasileño Jean Charles de Menezes, al ser confundido con uno de los terroristas.

La irrupción de Boris

La campaña de Ken Livingstone para asegurarse un tercer mandato en el 2008 sufrió un duro revés cuando el Partido Conservador presentó como candidato a Boris Johnson, parlamentario inconformista y popular personaje televisivo. Aún más populista que Livingstone, Johnson, retratado por los medios de comunicación como un niño rico propenso a las meteduras de pata, resultó ser un hábil estratega político y sorprendió derrotando a Livingstone para convertirse en el primer alcalde conservador de Londres.

Johnson se hizo popular en los medios como una figura casi excéntrica, con su mechón de pelo rubio, trajes sin forma y su entusiasmo provocador. Era una imagen que a los londinenses  les empezó a gustar. Aunque discrepaba de Livingstone en muchos puntos, Johnson continuó apoyando varias de las políticas de su predecesor, como el gravamen de congestión y la ampliación del carril bici. Entusiasta él mismo de la bicicleta, a Boris siempre se le asociará con su programa de alquiler de bicicletas patrocinado por Barclays y luego por el Santander. Johnson se comprometió a sustituir los autobuses articulados por remodelados Routemasters, introducidos en algunas rutas en el 2012.

El primer mandato de Johnson como alcalde coincidió con la transformación de la ciudad de cara a los Juegos Olímpicos del 2012 y un amplio programa de desarrollo cobró forma en el este de Londres. En esta época también se produjo una transferencia del poder gubernamental del Partido Laborista, bajo la dirección de Gordon Brown, a la coalición conservadora-liberaldemócrata, con David Cameron como primer ministro y Nick Clegg como viceprimer ministro.

El año de Londres

El 2012 prometía ser el año de Londres y muy pocos quedaron decepcionados.

Cuatro días de fiesta en junio conmemoraron el Jubileo de Diamante de la reina, el 60º aniversario de su ascensión al trono. Estas celebraciones no fueron sino un preludio del que sería el evento de aquel año en Londres por excelencia: los Juegos Olímpicos y Paralímpicos, que recibieron a unos 15 000 deportistas que se disputarían 800 medallas en casi 50 deportes. Durante 29 días hubo momentos destacados (Gran Bretaña se hizo con 65 medallas olímpicas y 120 paralímpicas, quedando tercera en las dos modalidades) y también sorprendentes (la red de transporte de Londres no solo estuvo a la altura sino que aprobó con nota). Pero nada fue comparable con la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos, a cargo de Danny Boyle, que regaló al mundo una breve historia de Londres y de todo el país. Para muchos lo más memorable fue el final, cuando James Bond (interpretado por Daniel Craig) saltó de un helicóptero al estadio olímpico acompañado por la reina.

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